El mundo que se nos viene encima ...y el silencio que lo acompaña


Hay épocas en las que la historia avanza de forma natural, igual que lo hace un río, que de forma natural es capaz de unir millones de gotas para que juntas arrasen cualquier impedimento que pueda evitar que desemboquen en el mar. El 15M fue un ejemplo.

Y hay otras épocas en las que la historia avanza como una tuneladora, capaz de excavar a sección completa, a la vez que coloca la entibación que sustenta al túnel para no se venga abajo en ningún punto del mismo. Es más que evidente que es en esta época tuneladora en la que vivimos hoy.

Si, vivimos un tiempo donde el autoritarismo ya no necesita esconderse. Donde la violencia vuelve a presentarse como solución política. Donde la impunidad internacional se exhibe en directo, a plena luz del día, mientras millones de personas contemplan el horror desde el móvil antes de seguir deslizando el dedo hacia el siguiente vídeo.

Y quizá lo más terrible no sea la barbarie.

Quizá lo más terrible sea la normalización de la barbarie.

Porque hace años que las grandes potencias occidentales dejaron de hablar el lenguaje de los derechos humanos para hablar únicamente el lenguaje de los intereses del capitalismo. Y cuando el interés se pone por encima del derecho, la ética se convierte en decoración institucional. 

Occidente y la demolición de su propio relato

Durante décadas nos vendieron que Europa y Estados Unidos representaban la democracia, la libertad y el orden internacional basado en reglas. 

Pero el problema de los relatos es que acaban chocando con las imágenes que luego nos proporciona la propia realidad, y que nada tiene que ver con ese relato.

  • Las invasiones ilegales.
  • Las guerras preventivas.
  • Las sanciones que asfixian pueblos enteros.
  • Los golpes blandos.
  • Las operaciones de desestabilización.
  • La financiación militar constante.
  • La doble vara de medir según quién sea quién muera y quién mate.

Todo eso ha erosionado profundamente la credibilidad moral de Occidente.

Hoy vemos al Estado Genocida de Israel arrasando territorios palestinos mientras los gobiernos europeos hablan de “contención” con una tibieza burocrática que en ocasiones supera al propio escándalo histórico que supone el genocidio, que ya es decir. Vemos como los Estados Unidos de Norteamérica, cómplices directos del genocidio, se imponen por la fuerza para hacer ellos los que actúen, una vez más, como garante geopolítico de ese orden internacional basado en la ley del más fuerte.

Mientras tanto, los ciudadanos europeos contemplamos impotentes cómo nuestros gobiernos no hacen nada por frenarlo. 

La sensación de decadencia democrática ha dejado de ser marginal para pasar a ser estructural.  

Y ahora que ya todxs vemos que los máximos representantes de la UE no están cuestionando el genocidio y que mucho menos están por la labor de romper las alianza estratégica con el Estado genocida de Israel (a pesar de que por mucho menos las rompieron con Rusia) me hago una pregunta ¿como piensan que vamos a reaccionar?

El capitalismo, las dos varas de medir y las puertas giratorias.


Pero pasemos a hablar de cómo actúa en España este capitalismo criminal y salvaje, en la que históricamente ocurre lo de las dos varas de medir, desde hace años, aunque a otra escala. Y es que España es el laboratorio desde donde se experimentan estas acciones. Por eso encontramos 
hay cientos y cientos de ejemplos que lo demuestran. Y para no remontarnos al primero y eternizarse empecemos por el último, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. 

Durante décadas hemos visto cómo expresidentes y altos cargos acababan asesorando a grandes empresas energéticas, tecnológicas, financieras o a multinacionales con intereses globales. No es un fenómeno exclusivo español, pero aquí se ha normalizado hasta parecer paisaje urbano.

La pregunta incómoda sigue siendo la misma:¿Dónde termina la influencia legítima de un expresidente y dónde empieza el conflicto de intereses?

Porque cuando antiguos dirigentes pasan a trabajar para corporaciones que dependen de regulaciones públicas, contratos internacionales o relaciones diplomáticas construidas durante sus años de poder, el debate democrático no puede limitarse a decir “todo es legal” o “todo es corrupción”.

El verdadero problema es otro: la opacidad.

Y esa opacidad genera desconfianza.

 Especialmente cuando algunos casos reciben enorme intensidad judicial y mediática mientras otros parecen disolverse lentamente en la niebla institucional.

El riesgo de convertir la política en guerra permanente.

La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero ha reabierto precisamente ese debate. 

En primer lugar: una imputación no es una condena. Eso importa recordarlo siempre. Pero también importa reconocer otra realidad: vivimos una época en la que la política, la justicia y los medios se mezclan de manera explosiva.

Y cuando eso ocurre. Cuando la ciudadanía se da cuenta de que no existe separación de poderes que lo que hay no son procesos judiciales sino guerras entre dos bloques qué quieren monopolizar el saqueo a la clase trabajadora española.

Y ese deterioro de confianza es profundamente peligroso para cualquier democracia.

No porque exista una conspiración perfecta controlándolo todo desde una habitación oscura. La realidad suele ser más compleja y más gris. Sino porque los sistemas políticos se degradan cuando la población percibe que las reglas no funcionan igual para todos.

El gran fracaso de nuestro tiempo

El drama más profundo de nuestros tiempos no es solo el económico, ni tan siquiera el institucional. A esas dos grandes áreas se suman el cultural.

Hemos construido sociedades saturadas de información y vaciadas de pensamiento crítico. Sociedades donde la precariedad convive con el entretenimiento permanente. Donde millones de personas trabajan cada vez más para vivir cada vez peor, mientras los algoritmos convierten la indignación combate tribal y la política en espectáculo. 

Y es en ese terreno donde mejor florecen los discursos fascistas. Y es que cuando desaparece la esperanza colectiva el miedo ocupa ese lugar y siempre encuentra en el fascismo sus mejores prepresentantes.

España y el espejo roto

En España esa fractura es especialmente visible.

Una parte importante de la ciudadanía siente que las instituciones ya no generan confianza suficiente. Que existe una enorme distancia entre el relato oficial y la experiencia cotidiana de la gente: salarios congelados, vivienda imposible, servicios públicos tensionados, precariedad crónica y una sensación constante de deterioro democrático.

Y mientras tanto, todos los medios de comunicación amplificando el ruido político para que ocupe todo el espacio. Así consiguen que nos olvidemos de lo importante (que casi nunca es urgente) y nos centremos solo en lo urgente (que casi nunca es importante). 

Cada bloque acusa al otro de destruir el país mientras los grandes poderes económicos siguen intactos, adaptándose con elegancia a cualquier gobierno que llegue.

Porque el verdadero poder casi nunca grita.

El verdadero poder factura.

Y quizá esa sea la conclusión más amarga de todas. Que ya somos muchas las personas que sentimos que NO vivimos en democracias capaces de transformar la realidad criminal en la que estamos sumidos -y sumisos-, sino que vivimos en AUTOCRACIA, en un sistema corrupto cada vez más y más condicionados por intereses económicos, guerras culturales y estructuras de poder demasiado resistentes al cambio.

El peligro de nuestro tiempo no es que el autoritarismo sea tan visible

El mayor peligro es acostumbrarnos a él.








Comentarios

Entradas populares de este blog

Prostitución: Abolición o regulacion. 25D

20N. La sentencia arbitraria contra FGE que se cae sola.

Bomb City: cuando la justicia se pone del lado del asesino.