La vida no cotiza en RENFE.


MUCHAS BANDERAS A MEDIA ASTA. MUCHAS CONDOLENCIAS. ¿Y LOS RESPONSABLES?

Días de luto, comunicados solemnes, políticos poniendo cara de funeral, banderas a media asta y actos suspendidos. Todo muy institucional. Todo muy correcto. Todo muy triste.

Pero hay una pregunta que sigue golpeando los raíles: ¿cómo coño hemos llegado a tener dos accidentes ferroviarios de esta magnitud en un mismo año? ¿Y quién responde por ello?

Porque las lágrimas no reparan las vías. Los minutos de silencio no sustituyen el mantenimiento. Y las banderas a media asta no devuelven la vida a quienes ya no están.

DOS ACCIDENTES NO SON UNA ANÉCDOTA. SON UNA ALARMA.

Cuando un sistema de transporte acumula dos tragedias casi seguidas, no basta con investigar el último fallo, buscar una pieza defectuosa o señalar al último trabajador de la cadena. Hay que mirar mucho más arriba. A las decisiones políticas, a los presupuestos, a las prioridades económicas y a quienes llevan décadas convirtiendo los servicios públicos en oportunidades de negocio.

La red ferroviaria española llegó a ser una infraestructura extraordinaria, capaz de conectar territorios y vertebrar el país. Pero la desinversión, los recortes, la pérdida de conexiones, el desmantelamiento de determinadas líneas y la lógica de la rentabilidad han ido dejando su huella.

Y cuando varias compañías compiten por hacerse con el negocio de la alta velocidad, existe algo evidente: que la reducción de costes se convierta en una obsesión y que la seguridad, el mantenimiento y las condiciones de trabajo acaben sometidos a la dictadura de las cuentas de resultados.

No afirmo que esa sea la causa técnica de estos accidentes. Eso debe determinarlo una investigación rigurosa e independiente. Pero sí digo que la responsabilidad penal por un accidente y la responsabilidad política y económica por el funcionamiento de un sistema son cosas distintas. Y las dos importan.

CUANDO TODO TIENE PRECIO, LA VIDA ACABA TENIENDO UN COSTE.

Por eso cada día soy más acérrimo defensor del ANTICAPITALISMO.

No porque crea en paraísos imaginarios ni porque piense que basta con cambiar una bandera por otra. Sino porque me niego a aceptar que la rentabilidad privada esté por encima de las necesidades colectivas.

El capitalismo nos ha acostumbrado a una obscenidad: privatizar los beneficios, socializar las pérdidas y repartir las responsabilidades entre una maraña de despachos hasta que nadie parece culpable.

Cuando hay beneficios, aparecen los propietarios. Cuando hay que pagar la factura, aparece el contribuyente. Y cuando hay muertos, aparecen las condolencias.

¡Qué negocio tan redondo para algunos! Qué precio tan terrible para los demás.

¿Y QUÉ SOCIEDAD ANTICAPITALISTA DEFIENDO YO, SI NO SOY COMUNISTA?

Defiendo una sociedad en la que nadie tenga que ser comunista, socialista, anarquista o de ninguna otra corriente para disfrutar de derechos fundamentales. Una sociedad donde las personas estén por encima de las ideologías y la economía esté al servicio de la vida, no al revés.

Defiendo:

  1. Un ferrocarril público, seguro, bien financiado y pensado para conectar pueblos y ciudades, no solamente para rentabilizar los trayectos más lucrativos.
  2. Una sanidad y una educación públicas, con recursos suficientes y sin convertir las necesidades humanas en mercados.
  3. El derecho a una vivienda digna por encima del negocio especulativo.
  4. Una distribución mucho más justa de la riqueza, donde quienes más tienen contribuyan proporcionalmente más y nadie quede abandonado a su suerte.
  5. Una democracia real, con poder ciudadano, transparencia, control de las instituciones y decisiones colectivas que no dependan exclusivamente de quienes poseen el capital.
  6. Una economía sostenible, cooperativa y descentralizada, con empresas públicas allí donde el interés general lo exija, cooperativas de trabajadores y pequeñas iniciativas privadas sometidas a reglas democráticas, laborales y ambientales justas.
  7. Y, sobre todo, defiendo la libertad. La libertad de vivir sin que un patrón, un banco, un fondo de inversión o una administración decidan cuánto vale tu vida.

Ser anticapitalista no obliga a defender un Estado omnipotente, un partido único ni una economía donde todo esté burocráticamente planificado. 

Hay tradiciones libertarias, cooperativistas y socialistas democráticas que llevan mucho tiempo imaginando y construyendo alternativas. 

Me siento más cerca de esa izquierda libertaria que quiere repartir el poder, no cambiar a los dueños del poder.

No quiero sustituir a los amos de siempre por otros nuevos. Quiero una sociedad donde haya cada vez menos amos y más personas capaces de decidir sobre su propia vida y sobre aquello que compartimos.

Porque el anticapitalismo no consiste en odiar al que tiene algo más que tú. Consiste en cuestionar un sistema que permite acumular poder económico hasta el punto de condicionar la vida de millones de personas.

Y VUELVO AL FERROCARRIL.

Ante una tragedia, el respeto a las víctimas es imprescindible. Pero el respeto también consiste en exigir explicaciones, investigar hasta el final, depurar las responsabilidades que correspondan y cambiar aquello que haya contribuido al desastre.

No quiero que dentro de unos meses volvamos a ver las mismas banderas, los mismos discursos y las mismas caras compungidas mientras todo sigue funcionando igual.

No quiero otro minuto de silencio para después volver a escuchar el ruido de una maquinaria que nadie se atreve a cuestionar.

Quiero vías seguras. Quiero inversión pública. Quiero servicios al servicio de la gente. Quiero responsables que respondan.

Y quiero que dejemos de aceptar como natural que la economía mande y las personas obedezcan.

Porque una sociedad se retrata en aquello que protege y en aquello que está dispuesta a sacrificar.

Personalmente no voy a aceptar que se sacrifique la vida de nadie en aras de la rentabilidad.

NI DIOS NI AMO. NI PATRIA NI REY. NI BENEFICIOS POR ENCIMA DE LAS PERSONAS.

Cada tragedia que nos obliga a hacernos estas preguntas refuerza mi convicción: necesitamos una alternativa anticapitalista, democrática, libertaria y profundamente humana.

No para repartir mejor las migajas sino para que nadie tenga que vivir de rodillas mientras otros cuentan los beneficios.

POR LAS VÍCTIMAS. POR LA VERDAD. POR LA RESPONSABILIDAD. Y POR UNA SOCIEDAD EN LA QUE LA VIDA VALGA MÁS QUE EL DINERO.

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