27 oct. 2017

El Gobierno Español declara la guerra a Catalunya


Catalunya es HOY, pese a quien pese, un pais europeo situado en el Mediterráneo occidental constituido, desde el 27 de octubre de 2017 como República Catalana”... ¿por cuanto tiempo? Yo no lo sé. Pero sea cual sea el resultado inmediato de las tensiones que estamos viviendo, las cartas se han puesto boca arriba, mientras las necesidades de cambios profundos van creciendo y con ellas la necesidad de solidaridad entre pueblos hermanos...

La gran burguesía catalana no quiere república. La pequeña y mediana burguesía quieren cambios que la monarquía no les va a dar. La presión independentista parte de una base social amplia en la que el sindicalismo alternativo, los estudiantes, los bomberos, los estibadores, los docentes, los sanitarios..., han invertido pasiones y entusiasmo. Las marchas de la dignidad han demostrado que las luchas sociales mueven a millones de trabajadores catalanes, vascos, valencianos, gallegos, andaluces... 

Yo NO soy independentista, SOY INDEPENDIENTE. También lo son muchos de los cientos de miles de personas que hoy estan en la plaza de Sant Jaume convencidos de que “la constitución de la República catalana se fundamenta en la necesidad de proteger la libertad, la seguridad y la convivencia de todos los ciudadanos de Catalunya y de avanzar hacia un Estado de derecho y una democracia de más calidad”.
¿Solo son ilusiones? No lo sé. El tiempo dirá si estas ilusiones pueden convertirse en realidad. Yo no lo creo.

Dicen que cada cierto tiempo es necesaria una guerra para cambiar los valores y renacer cual ave fénix. No se oyen cañones, no hay tanques en las calles y tampoco sentimos que podamos morir. Pero lo cierto es que algo está rugiendo, los ánimos se caldean y ya hay bajas. Estamos en guerra pero no la reconocemos como tal. Son guerras pequeñas.

En 1999, el escritor sueco Sven Lindqvist citaba en su Historia de los bombardeos a un coronel que diferenciaba entre las “pequeñas guerras” de tipo colonial y las guerras entre Estados reconocidos como iguales: “La principal diferencia entre la pequeña guerra y la guerra regular reside en que, en la primera, la derrota de los ejércitos enemigos —incluso cuando estos existen— no suele ser el objetivo principal, puesto que el efecto moral es a menudo mucho más importante que el material. Además, en ocasiones la guerra pequeña tiene como único fin sembrar el caos en el territorio enemigo, algo que no está sancionado por las leyes de guerra”.

Las últimas semanas han supuesto, antes que nada, un desastre para Catalunya y España, ya que transformarán las relaciones entre sus pueblos.

El anuncio de aplicación del  artículo155 por parte de Rajoy, el pressing económico por parte de las empresas y otros actores, unidos al ‘efecto Piolín’ de miles de policías y guardias civiles apostados en el puerto de Barcelona a la espera de no se sabe qué acontecimiento, han sido síntomas de que el Gobierno estaba dispuesto a provocar esa “guerra pequeña” en Catalunya.

El efecto moral del castigo, como también señaló Lindqvist, no tardará en regresar al Estado que impone su ley sobre el territorio enemigo.  

Confiemos, para tratar de disimular esta sensación de desesperanza, en que nunca haya estado peor traída la metáfora bélica para tratar el conflicto político que marcará la próxima década.

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